el ultraje de Anagni

El incidente llamado «ultraje de Anagni» ocurrió entre el 7 y el 9 de septiembre de 1303, y consistió en la detención y encarcelación del papa Bonifacio VIII, en su palacio de Anagni, una pequeña ciudad a unos 65 km al sur de Roma, hoy en la provincia de Frosinone, por los emisarios del rey de Francia Felipe IV, dicho «Felipe el Hermoso» (1268-1314), con la ayuda de miembros de algunas familias nobles romanas, sobre todo los Colonna.
El episodio se inserta en el duro enfrentamiento de poder a comienzos del siglo XIV entre el rey de Francia y el jefe de la Iglesia de Roma, ambos de personalidad muy fuerte y ambiciosos y decididos a salvaguardar por todos los medios la institución que lideraban. Bonifacio trató de defender la supremacía espiritual del papado contra el imperialismo amenazador de la Francia, pero a pesar de su grande habilidad política y diplomática, el enfrentamiento pronto se convirtió en un choque abierto y el aplastante poder militar de los franceses prevaleció, culminando precisamente con el incidente de Anagni, causando el fin de Bonifacio y el traslado transitorio del papado a Aviñón.

Benedetto Caetani
El futuro pontífice había nacido entre 1230 y 1235 con el nombre de Benedetto Caetani en Anagni, la ciudad de otros tres papas (Inocencio III, Gregorio IX y Alejandro IV), donde residió largo rato, también después de la elección al papado. Su padre Roffredo y su madre Emilia Giffridi (o, según otros, Patrasso) de Guarcino, tuvieron muchos hijos, de los cuales Benedetto fue el único que siguió la carrera eclesiástica. Hizo estudios de derecho canónico en Spoleto y Todi, donde su tío Pietro Caetani era obispo, y en Bolonia. Más tarde se acordaba con gran afecto tanto de Todi como de Bolonia, donde participó asiduamente en las luchas políticas de la ciudad, siempre tomando partido por los gibelinos.
Benedetto fue un abogado consistorial y en 1264 acompañó en calidad de secretario el cardenal Simon de Brion, el futuro papa Martín IV, en París, y en 1265-1267 el cardenal Ottobono Fieschi, el futuro papa Adriano V, en Inglaterra. Fue protonotario apostólico desde 1276 e intervino en las negociaciones del cardenal Matteo Orsini con Rodolfo I de Habsburgo y Carlos de Anjou en 1280
(Miranda).
El 12 de abril de 1281 el papa Martín IV le hizo cardenal diácono con el título de San Nicola in Carcere Tulliano, y Benedetto se convirtió en un diplomático muy apreciado por la Curia Romana. Sin embargo Benedetto fue ordenado sacerdote no antes del 22 de septiembre de 1291, cuando tenía alrededor de sesenta años, y tres años antes de su elección como papa. Ese día también fue ordenado obispo y obtuvo el título de presbiterio de los Santos Silvestro e Martino ai Monti
(Miranda).
Caetani era muy estimado como diplomático, tanto es que el papa Martín IV lo definió «un hombre de profundo juicio, fiable, con miras al futuro, y grande solercia y prudencia»
(Paravicini Bagliani) y le confiaron varias misiones diplomáticas, en Londres, Dinamarca, Francia y varios lugares de Italia. El historiador contemporáneo Ferretto Vicentino lo definió «prudens et astutus» (II, 63,24).
En noviembre de 1290 Benedetto Caetani intervino duramente en París en una disputa que le llamaron a arbitrar como legado papal, defendiendo las órdenes religiosas mendicantes contra eminentes obispos y maestros de la Universidad de París, que acusó severamente de escasa doctrina, presunción y falta de inteligencia, y pronunció una frase muy sugestiva acerca de su concepto de la Iglesia de Roma: «el mundo ha sido confiado a nuestro cuidado, nosotros no debemos preocuparnos por lo que pueda agradarle, ni de vosotros sabios ni de sus berrinches, sino de lo que es útil para todo el universo». Durante esta misión Benedetto conoció a Felipe el Hermoso, con quien comenzó una relación de estima y mutuo respeto. Caetani fuera llamado entonces «gallicus», o sea era considerado amigo de los franceses, los de la madre patria, y también los Anjou que gobernaban en Nápoles, de modo que fuera reprendido por sus hermanos, como contaba él mismo.
En el curso de su carrera de prelado, de acuerdo con la costumbre de la época, Benedetto pudo acumular considerables riquezas, procedentes de las prebendas a las que tenía derecho por sus cargos religiosos, y de los regalos que recibía por su participación en procedimientos o mediaciones. Estos provechos le permitieron a su familia acumular poder y posesiones en el centro y sur del Lacio, tanto a través de la enorme cantidad de dinero que poseía, como por la acción de persuasión amenazante que podía ejercer.
Bonifacio prestó una atención muy especial a su propia imagen, algo inusual para la época: comisionó la realización de sus retratos o solicitó su ejecución a grandes artistas, como el retrato que se halla en el fresco de la basilica romana de San Juan de Letrán, atribuido a Giotto, representando la promulgación del Jubileo de 1300. Entre las estatuas, las obras de Arnolfo di Cambio del museo dell'Opera del Duomo en Florencia, la estatua (1290) y el busto (1298, véase el vaciado que se halla en el palacio del papa de Anagni), las dos estatuas de Orvieto (1297), una por Ramo di Paganello y la otra, tal vez de Rubeus, aquella de Bolonia por Manno di Bandino (1300) y la de un autor desconocido en el lado izquierdo de la catedral de Anagni, que según Fedele
(1921b) fue erigida probablemente por los anañinos después de su muerte, para expiar su participación en la agresión.
Antes de él no era habitual retratar a los papas en estatuas, con la excepción de Nicolás III
(1216-1280), a quien la ciudad de Ancona había dedicado una estatua por gratitud. Otros posibles retratos de Bonifacio estan insertados en elementos arquitectónicos, como ese atribuido a Arnolfo di Cambio. Esta abundancia iconográfica después de su muerte incluso le valió la acusación de haberse hecho idolatrar.
Bonifacio explicó a su médico Arnau de Vilanova las razones de tal atención a su imagen, motivada por el deseo de acrecentaar la gloria de la Iglesia de Roma y perpetuar la memoria de sí mismo en los siglos «hemos ampliado la gloria de la Iglesia de Roma, entre tanto oro y tanta plata, y delante de éstos y de aquellos, y por esta razón nuestra memoria permanecerá gloriosa por los siglos de los siglos» («Nos auximus gloriam ecclesie Romane in tanto auro et in tanto argento et in hiis et in illi, et ideo nostra memoria erit in seculum seculi gloriosa»)
(Fedele, 1921b).

La elección como papa
El 24 de diciembre de 1294, segundo día y tercer escrutinio del cónclave de Nápoles, celebrado en el Castel Nuovo después de la renuncia al trono de Celestino V, que había sido papa durante 107 días, Benedetto Caetani fue elegido papa (véase su escudo) y, aunque no llegó a la unanimidad, contó con el apoyo de una gran mayoría de los cardenales, entre ellos dos miembros de la familia Colonna, Giacomo y Pietro (tío y sobrino) quienes más tarde se convirtieron en sus acérrimos enemigos. Su elección fue vista favorablemente por todos los gobernantes europeos, incluyendo a Felipe el Hermoso, quien le envió regalos de lujo. Bonifacio transfirió de nuevo la sede papal de Nápoles a Roma, aunque a menudo se trasladó a su ciudad natal, especialmente en verano, para evitar el calor de Roma, pero especialmente para evitar la malaria (Giammaria, 1983).
El 22 de febrero de 1300 Bonifacio había proclamado el primer año jubilar, que preveía la indulgencia plenaria para los que habrían visitado las basílicas de San Pedro y de San Pablo. El año santo fue quizás convocado siguiendo el flujo espontáneo de peregrinos, atraídos a Roma por los rumores de una indulgencia plenaria con ocasión del comienzo del siglo
(Giammaria, 1983), pero según otros, tal vez influenciados por situaciones contemporáneas, Bonifacio concibió el Año Santo impulsado por el anhelo de ganancias. En cualquier caso, el Jubileo vio el flujo en Roma de un número inesperado de peregrinos: según el cronista Giovanni Villani (IX, 36), que estaba entre los participantes, eran 200.000, sin contar los que etaban de paso. Por causa del gentío de peregrinos en el puente Sant'Angelo se establecieron dos carriles separados para peatones en cada dirección, citados también por Dante Alighieri en la Divina Comedia (Infierno, XVIII, 28-33).
El 6 de junio de 1303, con la bula «Supremae praeminentia Dignitatis» Bonifacio había fundado el «Studium Urbis», la primera universidad en Roma, más adelante rebautizada «la Sapienza». El papa también instituyó otras universidades, la de Pamiers (18 de diciembre de 1295) utilizada principalmente como instrumento político contra Felipe el Hermoso
(Théry), y las de Fermo (16 de enero de 1303) y Aviñón (1 de julio de 1303).

Celestino V en su breve pontificado había otorgado nominaciones, privilegios y rentas a muchos postulantes y aduladores a menudo indignos, pero al momento de abdicar, dándose cuenta del daño hecho, le había pedido a su sucesor Bonifacio que los revocara. El nuevo papa anuló rápidamente muchas nominaciones y privilegios otorgados por su predecesor, dañando especialmente a varios miembros de la familia Colonna, lo que generó más conflictos y resentimientos entre las dos familias.
Además, después de su elección al trono papal, Bonifacio VIII concedió a los Caetani aún más poder, exagerando en el nepotismo, que de todos modos era una práctica muy común en ese momento: en realidad Bonifacio designó como cardenales a tres de sus sobrinos, Benedetto y Francesco Caetani, hijos de dos de sus hermanos y Giacomo Caetani Tommasini (retratado con él en la luneta de tabernáculo atribuida a Arnolfo di Cambio), hijo de su hermana, que eran todos muy jóvenes (Benedetto probablemente tenía dieciocho años). El nepotismo es hoy considerado uno de sus principales errores como papa, más allá de las invectivas y calumnias difundidas por quienes tenían quejas contra de él, como Felipe el Hermoso, Dante Alighieri y Jacopone da Todi
(1236-1306) que había definido a Bonifacio VIII «nuevo Lucifero» (83: 51).

El carácter de Bonifacio
El cronista Giovanni Villani así lo describió: «era muy magnánimo y refinado, y quiso mucho honor, y supo bien mantener y hacer avanzar los derechos de la Iglesia, y por su saber y poder era muy respetado y temido; fue muy rico para hacer más grande a la Iglesia y a sus parientes, sin preocuparse de ganar, ya que solía decir que según su parecer todo lo que estaba en la Iglesia era lícito» (IX: 6). De todos modos en varias ocasiones Benedetto Caetani demostró tener un carácter difícil, excesivamente impulsivo, irritable, resentido y susceptible; En su corte se sabía que odiaba ser contradicho, y que cuando esto sucedía, solía reaccionar con gran vehemencia.
La irritabilidad de Benedetto Caetani también podría ser consecuencia de los problemas físicos de los que sufrió, especialmente los cálculos renales. El papa era tratado por el médico y alquimista catalán Arnau da Vilanova (
1240-1313) que también fue médico del rey Jaime II de Aragón y profesor de la Universidad de Montpellier y de la Escuela Médica Salernitana (Frale). A finales de julio de 1301 Arnau se habría encerrado en la pequeña iglesia de San Nicola, por encima de la aldea de Sgurgola, frente a Anagni, para desarrollar un sello astrológico dorado, empacado en un cinturón de cuero, para curar al pontífice. Parece que la terapia fue exitosa, quizás por un simple efecto mecánico en los riñones del cinturón de cuero, permitiendo al alquimista obtener una generosa recompensa del papa y despertando gran envidia y resentimiento en su contra en la corte papal. Bonifacio también se abastecía de agua de la fuente que todavía lleva su nombre en Fiuggi (entonces llamada Anticoli), a unos 20 km de Anagni. Tal vez la miniatura sobre pergamino representando a un papa que recibe un elixir, mientras que un zorro trata de robar su tiara, retrata a Bonifacio, aunque la obra de Girolamo da Cremona fue pintada más de un siglo y medio después de su muerte.

La rivalidad con los Colonna
Como se vio en los párrafos anteriores, entre las familias Colonna y Caetani surgió una profunda rivalidad, principalmente por causa de la proximidad de sus respectivos feudos al sur de Roma. Los Caetani estaban en rápido ascenso, gracias sobre todo a la elección al solio pontificio de Bonifacio VIII. Sin embargo, los dos Colonna miembros del Colegio de cardenales, después de haber apoyado la elección de Benedetto Caetani, también colaboraron con él en buena armonía en los dos primeros años de su pontificado. Esta armonía fue quebrantada por la continua expansión de los Caetani y por la reacción de los Colonna, materializada por el acontecimiento ocurrido el 3 de mayo de 1297 en la Vía Apia, cerca de la tumba de Cecilia Metela, trasformada en fortaleza con el nombre de Capo di Bove (por causa de los bucráneos, es decir, cráneos de buey, que aún la adornan). Pietro II Caetani, sobrino del papa, llevaba de Roma a Anagni una parte del tesoro de su tío, donado en ocasión de la elección al pontificado por reyes y príncipes de toda Europa, que ascendía a 200.000 florines de oro, contenidos en ochenta sacos transportados a lomo de mulo. El tesoro fue robado por un grupo de hombres armados dirigidos por Stefano Colonna, hermano del cardenal Pietro y sobrino de Giacomo, probablemente con el objetivo de impedir que los Caetani compraran otras propiedades, aumentando aún más su poder. Bonifacio VIII, enfurecido, convocó a los cardenales Colonna para pedirle cuentas de la afrenta, pero los dos al principio no llegaron, luego vinieron y recibieron las condiciones para lograr el perdón, entre las cuales la restitución del tesoro, lo que ocurrió unos días después, probablemente por la intervención de los dos cardenales Colonna sobre Stefano.
La guerra entre las familias, sin embargo, no se interrumpió, el papa apeló a los romanos denunciando el abuso sufrido, omitiendo mencionar que el tesoro había sido restituido. Los Colonna, llamados a declarar si reconocían la legitimidad de Bonifacio como papa, se reunieron con un grupo de personas, incluso algunos que no pertenecían a la familia, como Jacopone da Todi, en el castillo de Lunghezza, a 20 kilómetros de Roma, propiedad de la familia Conti, aliada de los Colonna.
Desde el castillo, el 10 de mayo de 1297, respondieron con un documento violentamente polémico contra el papa, el Manifiesto de Lunghezza, fijado en las puertas de las iglesias de Roma y en el altar mayor de la basílica de San Pedro, en que Bonifacio era acusado de gobernar tiránicamente, y sobre todo de haber forzado a Celestino V a renunciar al papado: a consecuencia de esto Bonifacio debía ser considerado un usurpador, y todos sus actos debían ser considerados nulos y sin valor. Así, el Manifiesto respondía a una explícita petición de Bonifacio de ser reconocido como papa, afirmando: «vos non credimus legitimum papam esse» («no creemos que Usted sea un papa legítimo»)
(Fedele, 1921b).
De nuevo, el papa reaccionó denunciando el abuso frente al pueblo romano, pero los Colonna publicaron el 16 de mayo un nuevo documento donde se le acusaba de otras abominaciones, incluida la de haber ordenado el asesinato de Celestino V. También esta acusación era funcional a la tentativa de deslegitimar Bonifacio como papa, y tuvo mucho éxito, ya que todavía se considera a menudo un hecho sabido. Las acusaciones y reclamaciones de los Colonna se basaban en las del movimiento de los Franciscanos espirituales, apoyados por Celestino V, y fuertemente críticos hacia Bonifacio VIII.
El papa excomulgó a los dos cardenales con la bula «In excelso throno» del 10 de mayo de 1297, con la cual condenaba a los Colonna y a los ultrajes de su «maldita estirpe y de su maldita sangre» que «levantaba en todo momento su cabeza llena de arrogancia y desprecio»
(Bassetti) y, en consecuencia, nada menos merecía el exterminio. Pocos días más tarde, después de una resentida respuesta de los Colonna, el 23 de mayo, día de la Ascensión, Bonifacio promulgó la bula «Lapis abscissus», con la cual confirmaba la excomunión de los dos cardenales y la extendía a otros Colonna, Stefano y el príncipe Giacomo Colonna (conocido como Sciarra para su carácter pendenciero), ambos hermanos de Pietro, Agapito y Oddone, así como Jacopone da Todi; además, ordenaba la confiscación de las propiedades de la familia y mandaba a todos los fieles atraparlos.
El 15 de junio, los Colonna reafirmaron la ilegitimidad del Papa y apelaron al pueblo para la indicción de un concilio para elegir un nuevo papa. Bonifacio respondió poniendo dominicos y franciscanos, dotados de poder de inquisición, a la caza de los Colonna, justificando esta grave decisión con la acusación de herejía lanzada contra ellos. Por otra parte, el papa reclutó soldados entre sus aliados en muchos municipios del centro de Italia (incluso Siena y Florencia), también con la ayuda de banqueros y cardenales, con fondos derivados de órdenes religiosas y militares, incluidos los caballeros templarios.
Con ésas fuerzas, el 21 de julio el papa mandó conquistar el castillo de Colonna, el pueblo de donde la familia tomaba su nombre, y asaltar varias otras propiedades de los rivales, incluyendo Nepi, Tivoli, Palestrina, Zagarolo y varias posesiones de los Colonna en Roma. Después de una fallida tentativa de mediación por obra de un miembro de la familia Savelli, el papa se retiró en Orvieto, de donde el 4 de septiembre de 1297 convocó una auténtica cruzada contra los Colonna, concediendo indulgencia a los que se habrían muerto combatiendo contra de ellos. Bonifacio encargó Teodorico da Orvieto (Theodorico de' Ranieri,
1235-1306), arzobispo de Pisa, de la conducción de las operaciones militares. En 1298 el castillo y el pueblo de Colonna fueron finalmente destruidos y el 21 de junio el Papa publicó una bula que prohibía su reconstrucción. En el otoño de 1298, los dos cardenales Colonna vinieron en Rieti para implorar misericordia al papa, que los recibió vestido con los paramentos pontificales y la tiara, como contó el pontífice mismo en la bula del 3 de octubre de 1299 (Fedele, 1921a). El papa asignó los dos cardenales a una especie de confinamiento, desde el cual los dos prelados se alejaron, desplazándose por la Italia, y luego, llevándose consigo todo el material difamatorio recogido contra Bonifacio VIII, tomaron refugio en Francia, donde se encontraban en 1303, el año del ultraje. En septiembre o octubre de 1298, después de una tregua no respetada por los rivales, el papa ordenó a Teodorico de Orvieto, que entretanto se había vuelto también camarlengo, completamente destruir Palestrina, que pertenecía a los Colonna, «de modo que no quede nada, ni el atributo ni el nombre de ciudad». Los hombres de Bonifacio, encabezados nada menos que por Landolfo Colonna, hermano de Giacomo, junto con un contingente de tropas florentinas, destruyeron la ciudad, dejando de pie sólo la catedral, araron las ruinas y sembraron sal. Entre los prisioneros capturados en Palestrina estaba Jacopone da Todi, expulsado de la Orden Franciscana de los Frailes Menores, excomulgado y encarcelado en el sótano del convento franciscano de San Fortunato en Todi (Bassetti). Dante, en la Divina Comedia (Infierno, XXVII, 91-111) atribuye a Bonifacio la culpa de haber inducido a Guido da Montefeltro a aconsejarle sobre cómo conquistar fraudulentamente a Palestrina, llevándolo a la condenación eterna. El pontífice hizo reconstruir sobre las ruinas una nueva ciudad, llamada Ciudad Papal («Civitas Papalis») (Fedele, 1921b) y el 13 de junio de 1299 nombró a Teodorico de Orvieto como obispo de la ciudad (Bassetti).

El enfrentamiento con Felipe el Hermoso
El choque entre el Papa y el rey de Francia se explicitó en un crescendo de actos hostiles y represalias recíprocas: en enero de 1296, Felipe, para financiar la guerra contra Inglaterra, que había comenzado dos años antes, impuso una tasa extraordinaria del 2% sobre los patrimonios, incluidos aquellos eclesiásticas, que hasta entonces sólo estaban sujetos a la tributación de la Curia Romana. Bonifacio no podía aceptar este golpe de mano y el 25 de febrero siguiente expidió la bula «Clericis laicos», prohibiendo, bajo pena de excomunión, a todos los miembros del clero, no sólo franceses (también Eduardo I de Inglaterra había impuesto tasas a los eclesiásticos), de pagar, sin el consentimiento del papa, cualquier impuesto a los reyes, que a su vez tenían que pedir la autorización al papa para imponer tasas al clero. El contragolpe de Felipe fue la prohibición de transferir fuera de Francia bienes de lujo y dinero, y por lo tanto también los impuestos destinados a Roma.
La réplica del papa fue muy dura, el 20 de septiembre de 1296, con la bula «Ineffabilis amoris», donde aparece un verdadero proclama ideológico, de naturaleza profética
: «Usted debe saber que nosotros y nuestros hermanos, si Dios nos da la fuerza, estamos dispuestos no sólo a soportar persecuciones, ruina y exilio, sino también a sacrificar nuestras vidas por la libertad y la inmunidad eclesiástica» (Paravicini Bagliani).
El conflicto vio entonces un momentáneo enfriamiento, gracias a los pasos tomados por ambas partes para aliviar la tensión, incluyendo la canonización por Bonifacio, el 11 de agosto de 1297 en Orvieto, del difunto rey de Francia Luis IX, abuelo de Felipe el Hermoso, con el nombre de San Luis de Francia. Las hostilidades se reanudaron en 1301 con el caso de Bernard Saisset, obispo de Pamiers, pequeña ciudad al pie de los Pirineos franceses, que desde hace años estaba en conflicto con el hacendado local, el conde de Foix. Saisset se había dirigido al papa de aquella época, Nicolás IV, que había puesto las propiedades de la abadía de Saint-Antonin di Pamiers bajo la protección de Benedetto Caetani, entonces cardenal.
Felipe el Hermoso intervino de manera pesada en septiembre de 1301 haciendo arrestar y procesar el obispo, una facultad reservada a la Iglesia, así violando la inmunidad eclesiástica. La acusación era muy grave: traición al rey y delito de lesa majestad, por haber buscado el apoyo del papa, no reconociendo la soberanía del rey, e incluso acusándolo de herejía; el proceso simulaba formas y términos de aquellos eclesiásticos.
Bonifacio alimentó la espiral de retorsiones con una serie de bulas emitidas entre el 4 y el 6 de diciembre de 1301: la «Secundum divina», exhortando al rey a liberar a Saisset «para no ofender a la majestad de Dios», ya que los laicos no tenían jurisdicción sobre los clérigos; la «Salvator mundi», suspendiendo los privilegios concedidos en el pasado al rey, la «Ausculta filii» publicada el 5 de diciembre de 1301, amonestando al rey de Francia por desobedecer al pontífice
(Théry), y finalmente la «Ante promotionem nostram», convocando en Roma por el 1ro de noviembre de 1302 todas las autoridades eclesiásticas y teológicas de Francia, para un verdadero sínodo sobre la salvaguardia de la libertad religiosa, amenazando con excomulgar al rey si hubiera impedido que los obispos franceses participaran. En general, el papa creó las condiciones para una profunda injerencia en los asuntos internos de la monarquía francesa (Dupré Theseider). Felipe, después de consultarse con la nobleza y el clero franceses, decidió ir en contra la tentativa del papa de imponer su soberanía temporal y espiritual sobre los reyes católicos, y difundió el texto de una bula papal falsificada, ofensiva contra el rey y la Francia, para instigar la indignación popular contra el pontífice.
Bonifacio, una vez constatado que cerca de la mitad de los obispos franceses no habían llegado a Roma, emitió una excomunión para cualquiera hubiera impedido que un sacerdote llegara al concilio y el 18 de noviembre de 1302 emitió la bula «Unam Sanctam» que pretendía imponer la supremacía papal sobre todos los monarcas de la tierra.
Según los cronistas Giovanni Villani y Dino Compagni, Bonifacio trató de minar el poder de Felipe el Hermoso favoreciendo a sus enemigos, los flamencos, que lo habían derrotado el 11 de julio de 1302 en la batalla de Courtrai y los alemanes, y combatiendo a sus aliados, como los angevinos.

La preparación del ataque
Felipe IV reaccionó a la bula papal convocando un concilio contra Bonifacio y definiéndolo como «simoniaco y herético» y acusándolo de haber invocado a los diablos y haber instigado a los fieles para que lo idolatraran, por lo tanto envió a su consejero Guillaume de Nogaret (1260-1314) en Anagni para arrestarlo, Según otros, la expedición de Anagni fue en realidad una idea sugerida a Felipe IV por Nogaret en febrero del mismo año 1303. Otros historiadores dudan que Felipe haya ordenado el ataque, aunque probablemente sabía que habría ocurrido. Parece que el papa hubiera preparado la bula de excomunión «Super Petri solio» que tuvo que ser promulgada el domingo 8 de septiembre de 1303, al día siguiente del asalto fijándola en las puertas de la catedral de Anagni. Esta podría ser la verdadera razón que llevó a Nogaret y su grupo a asaltar el palacio papal de Anagni, destruyendo las copias de la bula (sin embargo, el texto sigue siendo conocido por transcripciones hechas probablemente en esa época).
El 7 marzo Nogaret recibió un mensaje cifrado por la Real Cancillería en el cual se le ordenaba «irse en ese cierto lugar... y hacer lo qué usted crea justo hacer allí», y el 12 marzo, durante una asamblea solemne celebrada en el Louvre, el consejero pronunció un discurso en el cual atacaba duramente al papa, enumerando sus faltas, incluyendo la de haber obligado a su predecesor Celestino V a abdicar, y de ser un herético, y reclamó la convocación de un consejo general para examinar su caso, y entonces procesarlo.
Nogaret, definido por Nangis un soldado y un jurista, reunió a un equipo de 300 hombres
(Villani), o según el manuscrito de Vienne (Digard) de 1.650, de los cuales 1.050 eran soldados de pie y 600 soldados montados. La fuerza estaba compuesta por franceses e italianos, pertenecientes a las familias hostiles a los Caetani, y por lo tanto principalmente a los Colonna, explotando así la rivalidad entre las dos familias y incentivados por las daciones de dinero de los franceses (Giammaria, 2004). Los hombres de Nogaret probablemente establecieron su cuartel en el castillo de Staggia Senese, cerca de Siena, hoy en el municipio de Poggibonsi, propiedad del comerciante florentino Musciatto Franzesi, consejero de Felipe el Hermoso, que habría proporcionado fondos para la incursión. Los soldados que participaron en la expedición provenían de Anagni y ciudades vecinas, como Alatri, Ferentino y Ceccano, dañados por el expansionismo de los Caetani (Giammaria, 2004). La escuadra partió de Roma, conducida por Nogaret, con las insignias del rey de Francia, y por Sciarra Colonna. Según la tradición, antes de irrumpir al amanecer en Anagni, los conjurados se habían reunido en la aldea de Sgurgola, (véase página) a unos 10 km de Anagni, donde habían sido arengados por Giordano Conti desde el cumbre de una piedra (que hoy es conocida como la «petra réa», osea la «piedra malvada»), colocada en la entrada de la aldea. Conti estaba empujado por el odio contra el papa, que lo había privado de sus posesiones en Sgurgola, También sus parientes Gualcano y Pietro tomaron parte en la expedición (Giammaria, 2004).
Según otras fuentes, el sitio de la reunión no podía ser Sgurgola, ya que era un feudo de los Caetani. En Ceccano, en el bosque de Faito, hay un lugar llamado «la pietra del Mal Consiglio» («la piedra del mal consejo») y, al pie de la altura de Anagni habría existido la «Pietra Rea» (la «piedra malvada»), que, según la leyenda, deben sus nombres al haber acogido al líder de los conjurados mientras arengaba a sus tropas. Según Giammaria
(2004) y Fedele (1921a), el lugar más probable sería Ferentino, que tradicionalmente era hostil a Bonifacio, a los Caetani y a Anagni.

El ataque
Los asaltantes entraron en Anagni el 7 de septiembre de 1303 al amanecer o justo antes (mane ante auroram) (manuscrito de Vienne), y encontraron las puertas abiertas, tal vez por una traición de algunos anañinos, incluyendo Adinolfo Di Matteo (también mencionado como Di Papa), enemigo acérrimo del papa, que en mayo de 1297, junto con su hermano Nicola, tuvo que vender al sobrino del papa Pietro Caetani, conocido como el Marqués, el palacio de Anagni, donde más tarde el mismo Pietro fue sitiado. Según Giovanni Villani, los nobles y los coidadanos de Anagni fueron corrompidos por el dinero de Nogaret, y por otra parte muchos de los conjurados italianos estaban en la nómina del rey de Francia. Ferretto Vicentino identifica Goffredo Bussa (Sigonfredus de Bussa), comandante de los guardias del papa, como el responsable, reo confeso, de la entrega de las llaves (Giammaria, 2004).
Los conjurados irrumpieron en la ciudad empuñando las insignias flordelisadas de Francia y aquellas pontificias con las llaves cruzadas
(Compagni), alabando al rey de Francia y a los Colonna, y despotricando contra Bonifacio. Los habitantes de Anagni fueron despertados por el clamor, salieron a las calles y supieron que Sciarra Colonna quería capturar al papa, así que tocaron sus campanas para convocar una reunión; probablemente los anañinos estaban de acuerdo de antemano con el ataque, habiendo sido arengados por la facción local de los enemigos del papa, encabezada por Adinolfo, que durante la asamblea fue elegido capitán de la ciudad y a quien los notables del pueblo juraron fidelidad, prometiendo seguir sus órdenes.
Después de la reunión, los atacantes se separaron
(Fedele, 1921a): una parte, dirigida por Sciarra Colonna, atacó el palacio del papa y el de su sobrino, el marqués Pietro Caetani, que fue ferozmente defendido por los ocupantes, lanzando piedras y tirando con ballestas (De horribili insultatione), mientras que otro grupo fue comandado por Rinaldo da Supino, capitán de Ferentino y miembro de la familia Conti (aunque cuñado de Francesco Caetani), con los hijos de Goffredo da Ceccano, que había sido encarcelado por el papa, con Adinolfo y Nicola Di Matteo y Massimo di Trevi. Este grupo atacó los palacios de tres cardenales considerados amigos del Papa, Pedro Rodríguez Quijada, obispo de Burgos, (reportado como Pietro Roderici o como «el Cardenal de España»), Francesco Caetani, sobrino del Papa y Gentile Portino da Montefiore (1240-1312), franciscano y cardenal de S. Silvestro e S. Martino ai Monti, penitenciario del papa. Según otras fuentes también el palacio del cardenal Teodorico da Orvieto fue asaltado. Los cardenales se salvaron huyendo de la parte de atrás de sus palacios, a través de los retretes, pero sus viviendas fueron despojadas de todos los bienes.
El fracaso de la defensa empujó a Bonifacio a pedir una tregua, que fue concedida por Sciarra hasta la hora novena, es decir, hasta la primera hora de la tarde. Durante la tregua, el papa le habría enviado mensajeros a los anañinos, prometiéndoles recompensas si le hubieran ayudado, pero la respuesta de sus conciudadanos fue que se remitían a las decisiones de Adinolfo, a quien habían confiado el destino de la ciudad.
El papa preguntó entonces a Sciarra cuáles eran las ofensas de que se quejaba, ofreciendo una reparación, pero la respuesta fue que la compensación debía ser la entrega de todo el tesoro de la Iglesia Romana en manos de dos o tres decanos del Colegio de cardenales, la reintegración de los cardenales Pietro y Giacomo Colonna y de todos los otros Colonna en sus poderes espirituales y materiales, la renuncia al papado y la entrega del mismo papa a los Colonna. El comentario del papa a estas condiciones fue: «¡ay qué discurso duro!».
Mediaciones sucesivas no trajeron ningún resultado, por lo que Sciarra y sus hombres prendieron fuego a las puertas de la catedral de Santa Maria, que era un obstáculo para los atacantes, además de robar religiosos y laicos, especialmente cuchilleros, que se encontraban en los alrededores. En el interior de la catedral fue asesinado el arzobispo húngaro de Esztergom, Gergely Bicskei, matado por Orlando di Luparia de Anagni, hijo de Pietro, quizás para una represalia personal.
La topografía actual de Anagni no corresponde con la dinámica de los acontecimientos descritos por los testigos de la época: hoy en día una amplia plaza se encuentra entre la catedral y el palacio identificado como el de Bonifacio, que no permite pensar que la iglesia podía ser efectivamente un obstáculo para quienes entendían asediar el palacio del papa. Según Fedele
(1921a) el malentendido proviene de una mala interpretación de la crónica latina, y la quema de la catedral y el asalto al palacio del papa fueron dos incidentes separados.
En este punto el marqués Pietro Caetani se rindió y fue encarcelado en su palacio a cambio de la seguridad para sí mismo y para sus hijos, Roffredo, apodado «il Conticello» (el condecito) y Benedetto, que también habían tratado de escapar, y fueron detenidos en la casa de Adinolfo Di Matteo
(Fedele, 1921a). El cardenal Francesco Caetani, otro sobrino del papa, se había huido disfrazado de valet, en un lugar cercano a Anagni, pero habría sido capturado de cualquier modo en la misma jornada (Fedele, 1921a). Los asaltantes, una vez que habían roto puertas y ventanas, irrumpieron en su palacio, poniéndole fuego en varios lugares.
Nogaret sostuvo, en un testimonio dado en París exactamente un año después del ataque, que no participó en la fase inicial del ataque, porque se encontraba muy lejos del palacio papal, tal vez en la casa de Adinolfo, para negociar con el marqués Pietro la capitulación del papa, y para necesidades personales («propter necessitatem suae personae»)
(Fedele, 1921a).

El ultraje
El incidente ocurrió el 7 septiembre 1303 y es conocido como «ultraje de Anagni» por el insulto hecho al papa, pero en Italia es conocido como «lo schiaffo di Anagni» («la bofetada de Anagni», porque algunos sostienen que uno de los Colonna en la acción de la captura haya realmente dado una palmada al papa, mientras que otras crónicas refieren que Colonna habría sido parado apenas en tiempo por uno de los franceses, quizás el mismo Nogaret. En el palacio de Bonifacio VIII en Anagni se muestra la «sala de la bofetado», donde se dice que sucedió el incidente, pero no todas las fuentes contemporáneas refieren de un verdadero golpe dado al papa cuando fue arrestado, y por lo tanto la «bofetada de Anagni» debería entenderse en sentido figurado, como una grave humillación infligida al jefe de la Iglesia de Roma. El cardenal Niccolò di Boccassio, el futuro papa Benedicto XI, que relató los hechos como si estuviera presente, sin embargo, refiere de una verdadera bofetada, («manus in eum injecerunt impias»), otras fuentes refieren de una agresión con insultos y graves amenazas, a las cuales el papa no habría respondido.
Si alguien le dio una bofetada al papa, ese fue probablemente Sciarra Colonna, que al menos habría intentado darla, aunque le habrían detenido justo a tiempo. En las Chroniques de Saint-Denis se menciona la tentativa de Sciarra de matar el papa, empujado por el odio de la familia, y bloqueado por Nogaret, que se jactó de haberlo salvado dos veces de la muerte y nada menos que de no haberlo tocado ni haber permitido que alguien lo tocara («persona eius nec tetigi nec tangi feci»)
(Fedele, 1921a), también porque deseaba antes de todo entregar al papa vivo a Felipe IV.
En las mismas crónicas se cuenta que el papa fue herido en la cara por un caballero Colonna, mientras Dino Compagni
(1255-1324) habla de un herimiento del pontífice, que sin embargo habría ocurrido en Roma y seguido por la muerte del papa («fue llevado a Roma donde fue herido en la cabeza, y después de algún día de enojo se murió») (II, XXXV). Dante Alighieri en la Divina Commedia no menciona a Nogaret, así comola crónica de St. Alban, que sólo habla de Sciarra. Parece claro, sin embargo, un contraste entre los Colonna, con sus aliados locales y los franceses sobre qué hacer, es decir si matar al papa o entregárselo vivo al rey de Francia. Sciarra habría vuelto entonces a la carga, golpeando al papa nada menos que con un guante de malla de acero, logrando alcanzarlo y tal vez rompiéndole la nariz. William Hundleby escribió que el papa no sufrió ningún daño físico, pero tal vez se refería a daños visibles (Lefèvre).
El ataque ocurrió a la hora de las vísperas (alrededor de las seis de la tarde); según una versión de los hechos Bonifacio intentó hacerse pasar por muerto para escapar la detención, pero el carácter fuerte del papa sugiere una versión más creíble, reportada por Giovanni Villani, refiriéndo que el papa había esperado a los conjurados sentado en el trono papal, llevando todos los símbolos del poder papal, y empuñando un crucifijo, que besaba repetidamente. Según las crónicas de Orvieto, en cambio, el papa yacía en su cama cuando los asaltantes lo hallaron.
Nogaret, que como se ha visto, intervino de manera sucesiva. habría intimado al papa a seguirlo en Lyon, donde el concilio convocado por el rey habría tenido que destituirlo, y los agresores ordenaron repetidamente al papa renunciar al trono, pero Bonifacio habría contestado: «Ec le col, ec le cape», es decir: «¡aquí está mi cuello, aquí es mi cabeza!» queriendo decir que moriría antes de abdicar. Bonifacio también habría dicho «Nosco primogenitum sathane», esto es «reconozco el primogénito de Satanás», probablemente refiriéndose a Nogaret
(Giammaria, 2004).
El papa habría también increpado Nogaret definiéndolo «hijo de cátaros», de hecho Raymond de Nogaret, ministro cátaro, condenado como herético al tiempo de la Cruzada albigense, aunque no quemado en la hoguera, podría haber sido el abuelo de Guillaume
(Dossat). Bonifacio conocía a Nogaret porque esto había sido enviado por Felipe IV como embajador ante el papa en 1300, y había dejado una relación pintoresca y colorida de esta experiencia.
Parece que sólo tres o cuatro miembros de la corte del Papa quedaron con él, entre ellos el cardenal Niccolò di Boccassio, su futuro sucesor, y el cardenal de España, tan fiel a él, que quiso ser enterrado a sus pies («ad pedes dominus sui»), dos cubicularii, encargados del servicio personal del papa, un caballero hospitalario y un caballero templario, Giacomo Pocapaglia y Giovanni Fernandi, mientras otros fueron asesinados o huyeron o se unieron a los asaltantes gritando «que vivan el rey de Francia y los Colonna, muerte al papa y al marqués», refiriéndose a Pietro Caetani, sobrino del papa. Los atacantes también saquearon las propiedade del papa y de los Caetani, de modo que las arcas papales fueron completamente vaciadas y se robaron ropas, muebles, oro y plata y todo lo que encontraron. Los atacantes habrían profanado a las reliquias y dañado muchos documentos del archivo (Tabularium) del papa
(Giammaria, 2004). Según Nogaret, el saqueo de los aposentos del papa también fue cometido por sus familiares y sirvientes. También las casas y los habitantes del barrio Castello, donde se hallan los palacios del papa y de los Caetani, sufrieron saqueos (Giammaria, 2004). También Symon Gerardus, banquero del papa fue robado de todo y apenas salvó su vida. Según Hundleby ningún soberano en el mundo otorgó en un año las riquezas que fueron robadas de los palacios del papa y de sus asociados en pocas horas. Según las estimaciones, el papa durante su pontificado había amasado una fortuna: 2.265.000 florines de renta. Como Bonifacio fue informado del saqueo, comentó: «Dominus dedit, Dominus abstulit» («Dios me lo dio, Dios lo sacó»). El papa fue encerrado en su habitación y guardado por numerosos armados, pero sin estar atado ni encadenado; Según otra crónica fue encarcelado en el palacio de Rinaldo da Supino.
Fawtier señala que en otros documentos contemporáneos faltan referencias a los hechos de Anagni, y lo considera una prueba de la escasa importancia dada en el momento a este incidente. Fedele
(1921a) afirma en cambio que el ataque contra el Papa despertó gran emoción en Italia, como lo demuestran Dante y varias otras fuentes contemporáneas. El cardenal Jacopo Gaetano Stefaneschi (1270-1343), que no estaba presente en el ultraje, en su «Opus metricum», describe el acontecimiento como una «grave desgracia, funesta y malsana» («gravis alluvies, funesta et morbida»).

La liberación
El lunes 9 de septiembre, después de dos días del encarcelamiento en su palacio, Bonifacio y el marqués Pietro fueron liberados por la población armada de Anagni, que esta vez gritaba «¡Que viva el papa, muerte a los extranjeros!» y expulsó a los invasores, con enfrentamientos que causaron varias bajas. El cambio de frente de los anañinos parece haber ocurrido en el transcurso de una asamblea, a la cual ni Adinolfo ni los Colonna participaron, y que fue convocada tras de recebir la noticia de que los atacantes querían matar al papa. En el curso de la reunión, entre los habitantes surgió el temor de exponer a Anagni ante toda la cristiandad como la ciudad que había permitido la captura del papa, aunque habiese hecho muchas cosas equivocadas en su vida, y pareció que lo mejor era entonces de atacar el palacio papal, jurando además que si los carceleros del papa encargados por el capitán y por Sciarra habrían opuesto cualquier resistencia, no le habrían dejado a nadie vivo. La acción fue probablemente muy rápida: entre la asamblea, celebrada a las nueve, y la liberación del papa sólo pasaron tres horas (Giammaria, 2004).
Algunos creen que incluso la brutalidad, y en particular el saqueo de los soldados asaltantes contra los anañinos haya contribuido al cambio de frente de la población
(Tolomeo da Lucca). Hundleby relata de una fuerza de 10.000 hombres armados, aunque parezca excesiva, ya que Anagni tenía unos cuantos miles de habitantes (eran 3.200 en 1420). Los libertadores encontraron resistencia, pero al final, alrededor del mediodía, pudieron entrar y expulsar a los ocupantes, que tuvieron muchas pérdidas; muchos de ellos, para escapar, saltaron por la ventana. Sciarra y su familia fueron expulsados de Anagni, entre insultos y amenazas de los habitantes, mientras se cuenta que Rinaldo y Roberto di Supino, Adinolfo di Matteo y muchos otros fueron capturados. Según otros también Nogaret fue herido (manuscrito de Orvieto) y forzado a huirse en Ferentino, mientras que la bandera francesa con las flores de lis habría sido arrastrada a través del fango (Giammaria, 2004).
También los palacios de los sobrinos del papa fueron liberados. Cuando un grupo de anañinos fue admitido a la presencia del Papa, uno de ellos habló en nombre de todos, pidiéndole que les permitiera guardar su persona hasta que estuviera en peligro. El papa elevó sus ojos y sus manos al cielo agradeciendo a Dios y a la ciudadanía por haberle liberado del peligro de morir. El papa fue llevado por los anañinos, que gritaban «¡Que viva el Santo Padre!» a la plaza de la catedral, adyacente al palacio, donde llorando agradeció a Dios y a todos los santos y a los anañinos por haber salvado su vida. Más tarde, Bonifacio pidió comida y bebida, ya que todavía estaba ayuno, prometiendo a cambio absolución y perdón. El edificio fue invadido por un desfile de personas que le trajeron vino y comida. Según Nogaret, sin embargo, el papa había tenido acceso a comida y bebida, y tal vez no había comido por temor a ser envenenado o para protestar contra el encarcelamiento.
Bonifacio permitió a todos los que entraron en el edificio hablar con él, y se quejó de haber sido privado de todos sus bienes, pobre como Job; perdonó específicamente a todos los que habían robado los bienes de su patrimonio personal y habría absuelto a cualquiera, excepto a los saqueadores de las propiedades de la Iglesia de Roma, de los cardenales y de los demás miembros de la curia, a menos que hubieran devuelto el botín, en un plazo de tres días. Parte de los bienes robados realmente se devolvieron, pero mucho quedó en manos de los saqueadores. Bonifacio habría libertado a Rinaldo da Supino
(Giammaria, 2004) y habría prometido hacer la paz con sus enemigos, particularmente los Colonna, y reintegrarlos en sus bienes materiales y espirituales.
El resultado de la crisis de Anagni tuvo repercusiones en toda la zona, hasta Nápoles, con enfrentamientos entre los Caetani y sus aliados contra las familias enemigas que habían recuperado los territorios conquistados por los Caetani
(Giammaria, 2004).

La muerte
El papa permaneció bajo la custodia del ayuntamiento de Anagni, hasta el 12 (o 13) de septiembre, cuando inesperadamente y de repente regresó a Roma, que consideraba el único lugar donde podía salvarse, dado el gran número de enemigos que se había creado. Se trasladó escoltado por un gran número de sus partidarios armados, tal vez 400 (Guigniaut, De Wailly). Estos seguidores habían llegado a Anagni al rescate del papa y habían contribuido a su liberación (manuscrito de Padua). El papa pasó la noche en el palacio papal del Letrán donde permaneció durante dos días y al tercer día se trasladó a San Pedro. Pero incluso en Roma la situación era crítica, aunque la poderosa familia Orsini, rival tradicional de los Colonna, estuviera completamente del lado del papa.
Los Orsini controlaban históricamente los alrededores al norte de Roma y las áreas adyacentes de la Campagna, a lo largo de las carreteras Flaminia, Salaria y Cassia, mientras que los Colonna, antes de la expansión de los Caetani, mantuvieron el control del sur de la ciudad y de las áreas alrededor de las carreteras Apia, Prenestina y Casilina.
Sin embargo, muchos romanos estaban contra el papa y apoyaban a los Colonna, los senadores de Roma habían dimitido, ningún juez estaba administrando la justicia y todos tenían que defenderse por sí mismos. El papa, aterrorizado y traumatizado, se había barricado en el palacio de San Pedro sin recibir a nadie, mientras que la Curia vaticana estaba bloqueada y nadie podía escapar de la ciudad porque por todos lados había bandidos que robaban a los transeúntes. El papa, siendo ya enfermo de cálculos renales, murió aproximadamente un mes después del ultraje, en la noche del 11 al 12 de octubre de 1303. Giovanni Villani
(IX, 63) relata: «el dolor petrificado en el corazón del papa Bonifacio por el insulto que había recibido, le causó, al llegar a Roma, una enfermedad diferente, de modo que todo se consumía como si estuviera rabioso, y en este estado se fue de esta vida».
Al día siguiente, el papa fue enterrado en Roma, en la capilla Caetani en San Pedro, en un monumento funerario (véase foto1, foto2 y relieve) obra del grande escultor florentino Arnolfo di Cambio. Cuentan que el día del funeral se desató una furiosa tempestad. Esto también habría ocurrido en Orvieto, el día en que Benedetto Caetani había celebrado su primera misa, según lo reportado por el manuscrito de Orvieto, y, en versos, por Jacopone da Todi: «Quando la prima messa da te fo celebrata, venne una tenebria per tutta la contrata, en santo no remase luminera apicciata, tal tempesta levata là 've tu stavi a ddire» («Cuando la primera misa fue por ti celebrada, la oscuridad cayó por todo el arrabal, ni una lámpara en la iglesia quedó iluminada, tal tormenta rugió, donde usted estava celebrando»)
(83: 35-38). Estos fenómenos meteorológicos, suponiendo que realmente ocurrieron, fueron evidentemente interpretados como presagios negativos. En realidad, en Italia, las tormentas de otoño, a menudo violentas, no son raras, y mucho menos sobrenaturales.
El fin de Bonifacio VIII, el último de los papas de Anagni, también provocó la decadencia de la ciudad, casi cumpliendo la maldición de Benedicto XI, sucesor de Bonifacio, contra su ciudad natal, que no lo había defendido: «el rocío y la lluvia ya no caigan más sobre ti, que desciendan sobre otras montañas porque tú, como espectadora y con el poder para impedirlo, dejaste al poderoso caer y ese cinto de fuerza ser rebasada»
(Giammaria, 2004).

Dante y Bonifacio
También Dante Alighieri habla del ultraje de Anagni en la Divina Comedia (Purgatorio, XX, 85-90): «perché men paia il mal futuro e il fatto, veggio in Alagna entrar lo fiordaliso, e nel vicario suo Cristo esser catto. Veggiolo un'altra volta esser deriso; veggio rinnovellar l'aceto e 'l fele, e tra vivi ladroni esser anciso» («Para que menor parezca el mal futuro y lo hecho, veo en Anagni entrar la flor de lis, y en su vicario Cristo ser prendido. Veo que se mofan una vez más de él; veo renovar el vinagre y la hiel, y entre vivos ladrones ser matado»).
La voz narrante es aquella de Hugo Capeto
(941-996), fundador de la dinastía de los Capetos («radice de la mala pianta» o sea «raíz de la mala planta») (id., 43), antepasado de Felipe el Hermoso. Dante por lo tanto deplora el insulto hecho por la Francia («la flor de lis») al papa en cuanto vicario de Cristo, considerándolo una ofensa hecha a Cristo mismo, casi una nueva crucifixión, perpetrada con el apoyo del rey, a pesar de la disociación sucessiva («novo Pilato») (id., 91). Los versos evocan el discurso pronunciado en Perugia por Benedicto XI, sucesor de Bonifacio, con ocasión de la emanación de la bula de excomunión contra los agresores de Anagni. Según Fedele (1921a), Dante estuvo presente en el evento, y se habría inspirado en ese discurso.
Todo esto a pesar de que Dante no apreciaba de ninguna manera Bonifacio VIII, que había favorecido indirectamente su exilio de Florencia, apoyando la facción de los Güelfos «negros», y a la Curia papal, acusada de tráfico de cosas divinas: «là dove Cristo tutto dì si merca» («allí donde todo el día se compra y se vende Cristo»)
(Paraíso, XVII, 51).
Dante además coloca Bonifacio en el Infierno de su Comedia, en el tercer foso
(XIX, 76-87), entre los simoniacos, los que negociaron con cosas sagradas, que expian su pena clavados en el terreno cabeza abajo y con los pies envueltos en llamas. Dante pone la llegada de Bonifacio al infierno en un período subsecuente a su visita, y el acontecimiento es previsto por papa Nicolás III, a su vez condenado, y que anuncia la próxima llegada, además de Bonifacio, amén de Clemente V, definido come «un pastor sin ley» (id., 83). Papa Nicolás, hablando con Dante, pero creyendo hablar con Bonifacio, le pregunta si ya no está saciado de esas riquezas por las que no temió a engañar y saquear la Iglesia de Roma («la bella donna» es decir «la hermosa mujer»): «Se’ tu sì tosto di quell’aver sazio, per lo qual non temesti tòrre a ’nganno, la bella donna, e poi di farne strazio?» («¿Estás finalmente saciado de esas riquezas, por las cuales no tuviste miedo de engañar a la hermosa mujer, y luego atormentarla?») (id., 52-57).
Dante hace también hablar San Pedro, definiendo a Bonifacio como «Quelli ch’usurpa in terra il luogo mio, il luogo mio, il luogo mio, che vaca, ne la presenza del Figliuol di Dio, fatt’ha del cimitero mio cloaca, del sangue e de la puzza; onde ’l perverso, che cadde di qua sù, là giù si placa» («El que usurpa mi sitio en tierra, mi sitio, mi sitio vacante en presencia del hijo de Dios, hace de mi cementerio una alcantarilla de sangre y de hedor, donde el perverso que cayó aquí abajo, se apacigue»), con el último verso referido al Diablo, que se deleita con la corrupción de la Iglesia
(Paraíso, XXVII, 22-27). También el verso: «non fu la sposa di Cristo allevata / del sangue mio, di Lin, di quel di Cleto / per essere ad acquisto d'oro usata» («no fue la novia de Cristo crecida en mi sangre, en él de Lino, o Cleto/ para ser usada para comerciar oro ») (id, 40-42) es una polémica contra Bonifacio VIII por su tendencia a enriquecerse aprovechando del cargo de pontífice, en oposición a los primeros papas, Pedro, Lino y Cleto, que en cambio habrían dado su sangre para la iglesia.
En otro canto, Dante confía al trovador y obispo Folquet de Marsella la incumbencia de maldecir la sed de riqueza que, surgida de Florencia, había corrompido al papa y a los cardenales, hasta que ya no se ocupaban de la religión: «non vanno i lor pensieri a Nazarette, là dove Gabriello aperse l’ali» («No van sus pensamientos en Nazaret, allí donde Gabriel abrió sus alas»)
(Paraíso, IX, 136-138). El papa, aunque no se menciona explícitamente, es Bonifacio VIII, y el poeta prevé su fin inminente: «Ma Vaticano e l’altre parti elette, di Roma che son state cimitero, a la milizia che Pietro seguette, tosto libere fien de l’avoltero» («mas el Vaticano y las otras partes distinguidas de Roma, que han sido el cementerio, por la tropa que siguió a Pedro, pronto estarán libres del adúltero») (id, 139-142).
Otra referencia a Bonifacio está en el Canto XXVII del Infierno, donde Guido da Montefeltro reprueba al papa por haberle empujado a caer de nuevo en pecado («il gran prete, a cui mal prenda!, che mi rimise ne le prime colpe» o sea «el gran cura, ¡maldito sea!, que me repuso en mis antiguos pecados»)
(70-71), merecendo la condenación eterna. Guido se había redimido de una vida pecaminosa como capitán mercenario, hacéndose monje, pero Bonifacio lo había forzado o persuadido (mediante la promesa de la absolución) a poner a disposición su experiencia, dando consejos («consiglio frodolente» es decir «consejo fraudulento») (id., 116) sobre cómo conquistar la ciudad de Palestrina, plaza fuerte de los Colonna, entre otras prometiendo clemencia a los habitantes en caso de rendición, sin después respetar los acuerdos. Una parte de los historiadores no cree que esta traición realmente ocurrió (Fedele, 1921b). Guido culpa también a Bonifacio por haber hecho la guerra a los «vecinos», Colonna, en lugar de combatir a los seguidores de otras religiones: «lo principe d'i novi Farisei, avendo guerra presso a Laterano, e non con Saracin né con Giudei» («el príncipe de los nuevos fariseos hace la guerra cerca de Letrán, y no contra sarracenos ni contra judíos») (id, 85-87).

Después del ultraje
Después del ultraje de Anagni y la muerte de Bonifacio VIII, el contraste entre la Iglesia y Felipe el Hermoso se atenuó, pero el nuevo papa Benedicto XI, el dominico de Treviso Niccolò Boccassio, que como cardenal tal vez habia asistido a la agresion de Anagni, en una bula del 6 de noviembre de 1303, quince días después de su elección como papa, y después de dos meses del ultraje, despotricaba contra los «muchos hijos de iniquidad, primogénitos de Satanás y discípulos de iniquidad» que habían «brutalmente levantado la mano» a su predecesor y le habían robado el tesoro de la Iglesia. Si estos impíos no hubieran devuelto lo sustraído habrían sido excomulgados al sonido de las campanas y con las velas apagadas (Fedele, 1921a).
Benedetto excluyó a los conjurados de la absolución general del 12 mayo 1304 y los condenó explícitamente con la bula «Flagitiosum scelus» del 7 junio 1304, emanada desde Perugia, excomulgando a los quince cabecillas de la conspiración, exponéndolos a la venganza del cristianismo, y condenando la ciudad de Anagni, que había permitido el ultraje al papa. Con la bula, el papa convocaba a los excomulgados a su presencia el 29 de junio, día de San Pedro y Pablo, por haber levantado las manos al papa, atacándolo también verbalmente con frases blasfemas y escandalosas. El mismo día, en una plaza de Perugia, el pontífice había hablado a la muchedumbre, reprobando la agresión contra el vicario de Cristo, comparando su destino con el de Cristo en manos de Pilato y sus soldados.
De todos modos, el papa alivió el conflicto con Felipe el Hermoso, tratándolo como legítimo soberano, ya que en cualquier caso la excomunión no había sido publicada. Un mes antes había sido tal vez el mismo Boccassio que indujo a Bonifacio VIII a perdonar sus agresores, en el discurso al pueblo de Anagni después de su liberación.
La reacción de los anañinos al anatema del nuevo papa fue un proceso promovido contra los participantes de la agresión contra Bonifacio, que fueron desterrados para siempre de Anagni, bajo pena de decapitación si regresaran y todos sus bienes fueron confiscados. Estas sanciones no estaban sujetas a revocación, más bien, quienquiera que hubiera propuesto al concilio o al parlamento el regreso en la ciudad de los exiliados, habría sido condenado a una multa de mil florines, o a la decapitación. Esta sentencia fue probablemente influenciada de manera marcada por la bula del papa Benedicto
(Fedele, 1921a).
La bula «Flagitiosum scelus» suscitó grandes reacciones en Europa, el 23 de junio el rey de Nápoles Carlos II de Anjou se arremetió contra la «detestabilis malignitas» definida como «execrable azar» («exsecrabilis ausus») cometido contra el papa Bonifacio, prohibiendo con amenazas a sus súbditos apoyar a los conjurados, ordenando denunciar los de ellos que se habían refugiado en el reino y de embargar eventuales bienes robados al tesoro de la Iglesia (Fedele, 1921a).
Después del ultraje de Anagni el enfrentamiento entre la iglesia y los reyes de Francia se resolvió en favor de estos, cuando el 7 de julio de 1304, un mes después de la bula, terminó en Perugia el breve pontificado de Benedicto XI: el papa murió de indigestión de higos. Villani
(IX, 80) refiere de rumores de envenenamiento por un hombre, que habría ofrecido unos higos al papa disfrazado de mujer para aplacar su desconfianza. El nuevo cónclave después de once meses (5 de junio de 1305) eligió como papa, con el nombre de Clemente V, el arzobispo de Burdeos, Bernard de Got (1264-1314), que transfirió el papado a Aviñón, donde se quedó hasta 1377. El 17 de diciembre de 1305, el papa reintegró a Giacomo Colonna en la dignidad cardinalicia y así lo hizo el 2 de febrero de 1306 con Pietro Colonna, y el 25 de marzo de 1307 anuló o nada menos ignoró las condenas contra el rey de Francia, con la bula «Tunc navis Petri».
El 27 de abril de 1311 Guillaume de Nogaret obtuvo de Clemente V, con la bula «Rex gloriae», (o «Ad certitudinem praesentium») la absolución «ad cautelam» para los participantes del incidente de Anagni, que había sido negada por su predecesor Benedicto XI, distinguiendo el encarcelamiento (la «captio») de la agresión física («aggressio vel insultus tactus in Bonifacium»). Clemente concordó la destrucción de los documentos papales contra el rey, abrasando las partes peligrosas o cortando páginas enteras
(Frale). Con la bula el rey di Francia fue condenado a pagar las costas procesales, fijadas en 100.000 florines de oro. Nogaret de todas maneras fue recompensado por el rey con la adjudicación de una fuerte suma de dinero y la asignación de tierras.
A cambio de la absolución Clemente V pidió la participación en la cruzada siguiente y cierto número de peregrinajes en España y Francia. Sin embargo Guillaume no hizo nada de eso.
Para conjurar el peligro de una posible publicación de la bula de excomunión, Felipe el Hermoso hizo promover un pleito contra el fallecido Bonifacio VIII para probar que era un hereje y por lo tanto para quemar su cuerpo, para anular los efectos de la bula. En el proceso, que comenzó en Aviñón en septiembre de 1309, asistieron muchos testigos que venían de Italia, que de todos modos tenían rencor contra Bonifacio VIII y que relataron episodios de brujería ajustándose demasiado al estereotipo del tema y relatando frases blasfemias y heréticas dichas por Benedetto Caetani antes y después de su elección al solio pontificio, con deposiciones demasiado similares entre ellas para no parecer concordadas.
Tanto Rinaldo da Supino como Guillaume de Nogaret trataron de disociarse de Sciarra Colonna, y entonces de las violencias contra el papa. Rinaldo evitó mencionar Sciarra, mientras Nogaret negó haber sabido de contrastes entre el papa y el Colonna
(Fedele, 1921a, 1921b).
Clemente V se opuso a la condena póstuma de su predecesor Bonifacio, que habría cancelado todos sus actos y sus decisiones, incluyendo las de efectos civiles, con graves daños a muchos ciudadanos. Las acusaciones eran de blasfemia, ateísmo, hechicería, sodomía, lujuria, de haber abusado de niños y haber puesto encintas a dos sobrinas, cuyos hijos había luego nombrado cardenales. Ninguna prueba creíble había sido aportada por estas acusaciones. En el verano de 1310, Clemente se opuso a las acusaciones de naturaleza sexual que, por cierto, no estaban en sintonía con la edad avanzada del papa, y instó a centrarse sólo en los cargos de herejía.

Las fuentes
Los acontecimientos de Anagni se encuentran descritos en diferentes relatos, algunas de las cuales aparecen como escritas por testigos de los acontecimientos.

- Flagitiosus scelus. Bula del papa Benedicto XI, nacido Niccolò di Boccassio, sucesor de Bonifacio VIII, que era entonces cardenal y cuenta los acontecimientos como si ocurrieron ante sus ojos (in nostris etiam oculi).

- De horribili insultatione et depredatione Bonefacii pape. Manuscrito Reg. XIV, c., I del British Museum, publicado en París en 1872 por el barón Joseph Kervyn de Lettenhove en la Revue des question historiques. El manuscrito fue producido en la abadía de Saint Albans, no lejos de Londres, por el monje benedictino William Rishanger, alias «Chronigraphus», que lo había copiado a la cola de sus anales del reinado de Eduardo I. El autor desconocido describe los acontecimientos como si hubiera sido presente y refiere ser nacido en Cesana. En Italia hay tres lugares llamados Cesana, uno en Piamonte, en el valle de Susa, uno en Lombardía, en la provincia de Lecco, y otro en Veneto, en la provincia de Belluno. Sin embargo es posible que la referencia sea errónea, y el autor hubiera nacido en Cesena, en Romaña.

- Manuscrito de Vienne. Levantado por una persona que se define miembro de la corte papal y testigo ocular de los acontecimientos de Anagni, probablemente entre 1306 y 1311. Sería por lo tanto una narración de acontecimientos vividos unos años antes, pero en la base de una carta escrita en la inmediatez de los hechos, ya que no menciona la muerte de Bonifacio VIII, ocurrida poco más de un mes después del ultraje de Anagni. Fue adquirido en Vienne (Delfinado, Francia) en 1696 y pasó a formar parte de la colección de Jean Caulet obispo de Grenoble, y luego de la Biblioteca de la misma ciudad del departamento del Isère.

- Memorandum quod anno domini M°CCC° tercio. Informe escrito el 27 de septiembre de 1303 en Roma por William Hundleby, abogado del obispo de Lincoln John Dalderby ante la Curia Romana y conservado en el British Museum (Manuscript Royal CI, fol 12) y en el All Souls College, Oxford (manuscrito 39, fol 117b - 120b). La fuente no menciona Guillaume de Nogaret.

- Nuova Cronica. por Giovanni Villani (1276–1348), florentino, compilada desde 1300, según el autor, que no declara ser un testigo ocular del ultraje.

- Ferreti, poetae vicentini, suorum et paulo ante actorum temporum historia, por Ferretto Vicentino (Ferreto dei Ferreti, 1297-1337). Obviamente no escribe como un testigo ocular, por una cuestión de edad, y muchas veces proporciona noticias inexactas

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Sitios visitados:
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http://it.wikipedia.org/wiki/Giacomo_Sciarra_Colonna
http://perso.orange.fr/jean-francois.mangin/capetiens/capetiens_7.htm
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http://www.palazzobonifacioviii.it/
http://www.ilgiudiziocattolico.com/1/75/la-verit%C3%A0-storica-su-papa-bonifacio-viii.html

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página creada el: 23 noviembre 2011 y puesta al día el: 29 enero 2017